El veraneo

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La Firma Ana Villalta - SER

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Cómo han cambiado las tornas… Recogías las notas y San Juan  marcaba la pauta del verano. Arranque de una estación real, con vida propia,  en la que veías con distancia los meses que quedaban por delante hasta la vuelta al cole. Una agenda que día a día ponía fecha el tan manoseado «Vacaciones” de Santillana, Edelvives, S.M  o los temibles cuadernillos de Rubio.

Los que hemos tenido padres maestros, sabemos bien que el descanso no es rotundo. Algo que nuestros profesores de la tan maltratada filosofía del añorado BUP nos pusieron como silogismo con aquellas palabras en las que Sócrates aseguraba «Los ratos de ocio son la mejor de todas las adquisiciones». Con frasecitas como estas D. Juan Diego López Bonillo  – allá por los ochenta profesor que marcó una generación de bachilleres- nos ponía en la misma verea que nuestros padres del magister. Valorar  el ocio después de la tarea, era respirar  el «veraneo«.

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Hasta la palabra se ha quedado obsoleta. Ya nadie «veranea«. Hay viajes de ensueño, semanas de vacaciones preparadas con ahínco pero,  ese veraneo eterno, donde la distancia  entre localizaciones de nuestra comarca era suficiente para hacer amigos extranjeros, conocer a gente de las capitales andaluzas y castellanas después de un viaje en el Seat de turno donde media hora de coche marcaba la diferencia, no tenía precio.

Había quien desde La Línea trasladaba su casa a Puente y no lo veías en tres meses. Allí,  se mezclaban con los sevillanos que no podían pasar un agosto sin playa.

Otros, preferían la costa: el Patricia. Allí entre extranjeros, algecireños, las familias de profesionales que marcharon a capitales como el doctor Carrascosa, se re-conocían en las nuevas generaciones,  para reencontrarse tras el C.O.U. durante sus años universitarios.

Guadarranque, Rinconcillo, Camping Chullera… los niños y adolescentes del Campo de Gibraltar… veraneabamos. Nos mezclábamos, hacíamos amigos y cinco comidas diarias entre bañadores secos y mojados. Las puertas abiertas, las cocinas siempre con bolsas de bollos para untar foagrás -ahora es paté-, crema de Colacao o cantimpalo a tutiplén… los que tenían economato, eran  reyes del mambo porque en sus despensas había cajas de Phoskitos, pantera rosa o donuts. Las madres hacían los colacaos por litros y los yogures, de yogurteras. Trasladabamos los patios de vecinos de antaño a las casas de veraneo. Una comarca en danza, de todos y para todos.

Hoy, 5 de julio de 2019 no se veranea…

Se habla demasiado de política, de las consecuencias del clima, de la prisa por abrir y cerrar ferias por todo lo alto que son más pasajeras que vivencias. Mucho maestro liendre en las redes y poco tertulia con fundamento en el Círculo, la Unión o el Jockey -Okay-.

Decía el humorista americano Milton Berle que, “la risa son unas vacaciones instantáneas”. Señores sean felices. Rían que en ese espacio de felicidad por muy corto que sea, saborearan  el buen tiempo, la tertulia, las vacaciones, los amigos y su sitio especial.

Rían. Reírse es el sinónimo del disfrute  entre las vacaciones y el veraneo. Si puede ser de meses, ¿por qué no parar, hacerlo eterno y cercarlo en una semana de viajar si podemos recorrer despacito nuestros rincones como un verano eterno?

Bendita comarca. Benditos campogibraltareños, los que tenemos a dos pasos playas, océanos, montaña, gente de capital, embarcados, extranjeros, amigos de toda la vida y gente que ofrece algo nuevo. Nunca lo he tenido más claro: puertas abiertas, cinco comidas, meriendas eternas y meses de veraneo.

He dicho.

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